Marta y yo nos conocemos desde la universidad. Ocho años. Primero compartimos piso, luego cada una hizo su vida. Hace dos años conoció a Eva. Yo la conocí en su boda.
Lo que siempre supe — porque entre amigas se sabe — es que Marta tenía un lado que su marido no había llegado a explorar. Y que yo sí intuía. Lo dejábamos caer entre risas. Nunca pasaba más allá.
El sábado pasado me invitó a cenar en su casa. Su marido había salido fuera por trabajo. 'Solo nosotras tres', me dijo. Eva era su 'amiga del trabajo' que iba a venir. Yo no había caído.
Cuando llegué Eva ya estaba allí. Lo vi a los cinco minutos: la forma en la que Marta la miraba al servirle vino. La forma en la que Eva tocaba la espalda de Marta al levantarse a por queso.
Le dije a Marta:
— ¿Tú y ella...?
Sonrió. Asintió. Y me dijo:
— Y queríamos invitarte a ti también.
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