Lo que cuento aquí pasó hace tres meses. Vivo en un cuarto sin ascensor en pleno centro. Mi vecina es una mujer de unos 38, casada, dos hijos en colegio cercano. Nos hemos cruzado mil veces en el portal. Hola, adiós, hablar de las facturas. Nada más.
Era jueves. Las once de la noche. Mi mujer estaba pasando esa semana en casa de su madre porque su padre había caído enfermo. Yo estaba viendo una película.
Suena el timbre. La mirilla. Era ella. La vecina del 5º. En bata corta y zapatillas. Con una caja de cervezas medio abierta.
— Hola perdona, me he quedado sin nadie en casa, mi marido se ha llevado a los niños al fútbol. ¿Te apetece tomarte una conmigo? Es que no me apetece beber sola.
Le abrí. Pasó. Dijo que mi piso era 'tan sobrio comparado con el suyo'. Se sentó en el sofá enfrente del mío. La bata se le abrió un poco al cruzar las piernas. Llevaba algo de encaje debajo. Color burdeos.
Hablamos de tonterías. De mi mujer. De su marido. De cómo el matrimonio te aplasta a los diez años. Bebimos. La segunda cerveza. La tercera.
Se levantó para ir al baño. Cuando volvió no se sentó enfrente. Se sentó al lado mío.
— ¿Tú nunca te has preguntado qué pasaría si...?
Y lo dejó ahí. Sin acabar la frase.
¿Quieres saber qué pasó esa noche en el sofá?
Esa parte solo la cuento por teléfono. Llama al 803 466 345 y pregunta por Marta — la operadora que recibió este relato y lo terminó en su última llamada con un cliente la semana pasada. Te lo cuenta ella, en directo, cambiando lo que tú quieras.
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