Era el último año del máster. La asignatura de Estrategia. La impartía una mujer de 42 años llamada Carmen — divorciada hace dos, una hija en EE.UU., una vida claramente reorganizada después de un divorcio caro.
Llevaba seis meses observándola. La forma en la que cogía la tiza. La forma en la que se ponía y se quitaba las gafas. Como cruzaba las piernas en su silla detrás de la mesa. La camisa siempre con un botón abierto justo debajo del cuello.
El último jueves del cuatrimestre tuve que entregar el trabajo final. No estaba listo. Le pedí al final de clase que me diera diez minutos.
Cuando se vació el aula, ella cerró la puerta. Se sentó en la mesa enfrente — pero esta vez en mi mesa, no en la suya. Se subió un poco la falda al sentarse.
— Tienes un problema con este trabajo, ¿verdad?
Y lo dijo de un modo que sabía perfectamente que el problema no era el trabajo.
¿Cómo terminó la noche?
El final está reservado para llamadas. Pídelo a Valentina — ella lo trabaja como roleplay y se mete en el papel completamente, gafas incluidas (no te ríe, va en serio).
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